viernes, 3 de febrero de 2012

Artaud

Desde el Jardín de Freud [n° 7, Bogotá, 2007] issn:1657-3986. 295


CARTA AL SEÑOR LEGISLADOR
DE LA LEY DE ESTUPEFACIENTES*
A N T O N I N   A R T A U D
Señor legislador
Señor legislador de la ley de 1916 aprobada por decreto de julio de 1917 sobre
estupefacientes, usted es un castrado.
Su ley sólo sirve para fastidiar la farmacia del mundo sin beneficio alguno para el
nivel toxicómano de la nación,
porque
1. La cantidad de toxicómanos que se proveen en las farmacias es insignificante;
2. Los auténticos toxicómanos no se proveen en las farmacias;
3. Los toxicómanos que se proveen en las farmacias son todos enfermos;
4. La cantidad de toxicómanos enfermos es insignificante en comparación con la de
los toxicómanos voluptuosos;
5. Las reglamentaciones farmacéuticas de la droga jamás reprimirán a los toxicómanos
voluptuosos y organizados;
6. Nunca dejará de haber traficantes;
7. Nunca dejará de haber toxicómanos por vicio, por pasión;
8. Los toxicómanos enfermos tienen un derecho imprescriptible sobre la sociedad y
es que los dejen en paz.
Es por sobre todas las cosas un asunto de conciencia.
La ley de estupefacientes deja en manos del inspector-usurpador de la salud pública
el derecho de disponer del sufrimiento de los hombres; es una arrogancia peculiar de la
medicina moderna pretender imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los
* Antonin Artaud, El ombligo de los limbos, 1925. Desde http://www.revistalavoragine.com.ar/revista2/articulos/
artaud%20-20%Ei%20ombligo%20de%20los%20limbos.pdf



Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas,
Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura, Revista 29 6 de Psicoanálisis

Berridos oficiales de la ley no tienen poder para actuar frente a este hecho de conciencia:
a saber que soy mucho más dueño de mi sufrimiento que de mi muerte. Todo hombre
es juez, y único juez, del grado de sufrimiento físico, o también de vacuidad mental que
pueda verdaderamente tolerar.
Lucidez o no, hay una lucidez que nunca ninguna enfermedad me podrá arrebatar,
es la lucidez que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez
la medicina no tiene nada más que hacer que darme las sustancias que me permitan
recuperar el uso de esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos sucios
pedantes y hay algo que debieran considerar mejor: el opio es esa imprescriptible y
suprema sustancia que permite reenviar a la vida de su alma a aquellos que han tenido
la desgracia de haberla perdido.
Hay un mal contra el cual el opio es irreemplazable y este mal se llama Angustia,
en su variante mental, médica, psicológica, lógica o farmacéutica, como a ustedes les
guste.
La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina desconoce.
La Angustia que su doctor no entiende.
La Angustia que arranca la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.
Por su infame ley ustedes dejan en manos de gente en la que no tengo ninguna
confianza, castrados en medicina, farmacéuticos de mierda, jueces fraudulentos, parteras,
doctores, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia
que en mí es tan mortal como las agujas de todas las brújulas del infierno.
¡Convulsiones del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita
a quien me mire, llegar a una evaluación de mi sufrimiento más exacta que aquella
fulminante de mi espíritu!
Toda la incierta ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato
que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que hay en mí.
Regresen a sus cuevas, médicos parásitos, y usted también señor Legislador
Moutonnier que usted no delira por amor de los hombres sino por tradición de imbecilidad.
Su ignorancia total de ese que es un hombre, sólo es equiparable a su idiotez pretendiendo
limitarlo. Deseo que su ley caiga sobre su padre, su madre, su mujer y sus hijos y toda su
posteridad. Mientras tanto yo aguanto su ley.



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Madrid., Madrid
Desde que me encontre una vieja camara me puse su lente PEZ en el ojo derecho para desvirtuar la realidad y con el izquierdo miro por si me estrello contra una farola.

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